Llegan y nos colman de momentos intensos y maravillosos. Saben hacernos reír y gozar en la soledad, sentirnos vivas, únicas, mujeres a cualquier edad.
Cuando sentimos que nos ahogamos nos cubren de besos, palabras y caricias incandescentes. Hacen que el placer sea un estado indefinible, bueno o malo, pero permanente. Aun cuando nos vemos entre la multitud y tenemos que fingir, sus miradas nos hacen temblar de ansias y nos dan fantasías para vivir.
Su perfección apaga necesidades, nos adoran, se apasionan y cumplen deseos sin perder la seducción. Son quienes queremos que sean, entiende cada uno nuestros colores y todos los cambios de humor.
Saben cómo mantener el fuego sin que se note el humo, guardan nuestros secretos y pueden hacerlos suyos. Nos escuchan y calman nuestros llantos, nos recuerdan que somos perfectas, hermosas, fuertes, capaces, valientes, intensas, las mejores en cada acto.
Con su presencia cambian las texturas, las formas y todo sabe mejor. Son una oportuna terapia, un fresco consejo, y nuestra más deliciosa relajación. Van nuestro ritmo y respetan cada una de nuestras condiciones, dan lugar a la demencia, a la ternura y a toda una gama de sensaciones.
Son seres que pacientes esperan el momento indicado, no apresuran, no obligan, solo disponen y están siempre de nuestro lado. Nos muestran que no tenemos límites, que debemos darnos nuestro valor, que no somos propiedad de nadie, que la amargura no existe, que podemos vencer cualquier dolor.
Su apoyo en los momentos difíciles es lo que los hace aun más especiales, más que un compañero, más que un amigo, los cómplices ideales. Con palabras o con caricias ustedes son nuestros Amantes.
Llegan y se vuelven un mal necesario, nos dan todo lo que pedimos sin involucrar el corazón. Nos dan el control y una dosis de fantasía, evitan que la realidad nos domine y nos absorba sin compasión.
Equilibrio perfecto entre lo correcto y la culpa, actúan como pecado pero son la salvación oculta. Pueden salvar desde un corazón roto hasta una pareja, hacen a otros perdonables, nos empatan o eliminan nuestras quejas.
A su lado ya nada es tan grave, en su deseo comparamos el verdadero amor, enaltecen virtudes ajenas a ustedes como la entrega, la fidelidad y la humildad y la devoción. Ustedes comprueban que sí supimos elegir, que a quien juramos amor eterno es con quien vale la pena vivir. Nos enseñan a valorar y a superar sus errores, a olvidar plenamente y a no guardar rencores.
Gracias por la oportunidad de parar y empezar de nuevo, gracias por dejarnos libres, completas y dignas al reconocer su papel en nuestro juego. Gracias por curar nuestras heridas bajo apariencias y en silencio, gracias por ser caballeros y olvidarnos sin decir adiós.
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